


Con la llegada de su tercera temporada, El Juego del Calamar se reafirma no solo como fenómeno narrativo, sino también como una obra maestra del diseño visual y el branding. Más allá del guión, la serie ha sabido construir una identidad poderosa a través de elementos estéticos precisos y simbólicos, que han calado hondo en la cultura pop global. Desde una perspectiva de diseño y marca, repasamos por qué El Juego del Calamar es un caso de estudio brillante.
La estética visual como lenguaje de marca.
Colores que comunican
En el universo de El Juego del Calamar, nada es casual. Cada elemento visual cumple una función narrativa y simbólica que potencia el storytelling. La estética es, de hecho, uno de los motores principales del branding de la serie.
Los uniformes son probablemente el primer elemento que reconocemos de la serie, y no es casualidad:

Además, si hablamos técnicamente, en el círculo cromático, el rosa se encuentra frente al verde, haciéndolos colores complementarios. Así, el rosa suprime al verde, estableciendo una tensión visual y simbólica entre guardianes y concursantes.

Geometría del poder
Las máscaras de los guardias son otro elemento clave. Los símbolos geométricos (círculo, triángulo y cuadrado) definen jerarquías de forma inmediata y sin palabras. Este sistema visual funciona como un código gráfico universal que se graba fácilmente en la mente del espectador. A más lados tenga el polígono, más jerarquía.
Hasta llegar al alto mando, cuya máscara está definida por decenas de caras de un poliedro. Es el mayor rango.
Como en todo buen diseño de marca, la simplicidad juega a favor del recuerdo. No hacen falta nombres ni rangos: basta un símbolo para saber quién manda a quién.

Los espacios de El Juego del Calamar también refuerzan la identidad visual de la serie. Uno de los más emblemáticos es la escalera de colores pastel, claramente inspirada en las construcciones imposibles de Escher. Este espacio, de apariencia lúdica y casi infantil, se convierte en una trampa visual que genera incomodidad: el contraste entre lo inocente y lo violento crea una tensión narrativa que se potencia visualmente.
Además de Escher, este escenario bebe también de la influencia de la obra La Muralla Roja del artista español Ricardo Bofill, donde el arquitecto construyó, frente a una acantilado en Calpe, Alicante, un edificio con escaleras laberínticas y tonos rosas.


Uno de los momentos más potentes visualmente ocurre en la primera temporada: cuando los tres finalistas comparten una última cena en una mesa triangular. Esta escena es una referencia directa a la estética ritual y también a la obra de Alejandro Jodorowsky, donde los símbolos, la forma y el color tienen siempre un propósito místico y psicológico. La elección del triángulo refuerza la idea de desequilibrio, tensión y destino.

El Juego del Calamar no solo cuenta una historia: construye una experiencia visual coherente, potente y con identidad propia. La elección de colores, formas y escenarios no está pensada solo para gustar, sino para comunicar y reforzar el universo de la serie.
Para diseñadores y marcas, esta serie es un recordatorio de que el branding no solo se trata de logotipos o tipografías, sino de crear un sistema de signos capaces de emocionar, narrar y perdurar.
¿Tu marca necesita una estética que comunique tanto como tu producto?
Quizás sea hora de jugar.